¿Restricción o expansión del gasto público?

monedaEste es el dilema que atenaza a los dirigentes de occidente desde que se desató la crisis. Este dilema, sin embargo, no es nuevo. Ya desde los inicios del capitalismo, esta cuestión ha sido motivo de inquietantes debates y luchas  tanto políticas, como teóricas.  ¿Por qué es tan difícil encontrar respuesta?
Si recurrimos a las principales teorías del capitalismo encontramos dos líneas contrapuestas: Hayek y Keyne. La batalla que estos dos grandes economistas lidiaron en su época sigue hoy más vigente que nunca.
Keynes defendía que el sector privado, aunque prominente, debería estar permanente estabilizado y regulado por un sector público centralizador. Esto implica la existencia de un estado fuerte, y capaz de corregir sus ineficiencias. Hayek, por el contrario, confiaba plenamente en el papel auto-regulador del mercado, un sistema en el que el estado apenas tenía cabida.
Los seguidores de Hayek creen que la crisis ha surgido a causa de un exceso de inversión con respecto a una deficiencia en la oferta de ahorro. Para cubrir esa deficiencia, los bancos conceden créditos a tipos de interés muy bajos, tan bajos que cualquier inversión resulta rentable. Es entonces cuando la espiral del “más y más, y cada vez más” comienza, y nos empuja con fuerza hacia un consumismo desmesurado. Es al aterrizar cuando nos damos cuenta de que no es real, de que realmente no hay suficiente dinero (ahorro) para cubrir los proyectos de inversión creados. Cunde el pánico y el resto… desgraciadamente aún no es historia.
Solución: reducir el consumo (e incrementar el ahorro)
Por el contrario los “keynesianos” consideran que la causa de la crisis tiene su raíz en la situación opuesta; un exceso de ahorro que no encuentra inversión. La falta de consumo provoca que la inversión sea insuficiente para absorber todo nuestro ahorro, es decir, el dinero se encuentra desocupado (curioso ¿no?).
El ahorro consiste en que no gastamos todos nuestros ingresos. Por lo tanto, significa una demanda insuficiente de la producción comercial y una acumulación no deseada de inventarios, lo que los economistas llaman saturación general. Esta situación lleva a las empresas a disminuir la producción y el empleo. Esto a su vez reduce los ingresos y el ahorro de las personas.  La caída de los ingresos pone fin a exceso de ahorro y de esta forma se vuelve al equilibrio; inversión igual a ahorro. Se trata de la clásica relación de oferta y demanda de dinero.  El problema es que en lugar de ajustarse el precio (el tipo de interés), es la recesión la que nos devuelve al equilibrio.
Solución: aumentar el consumo (reducir el ahorro)
La cuestión es que estamos hablando de consumo y ahorro público. Y el ahorro público ha sido totalmente utilizado para rescatar al sistema financiero. Hemos evitado la crisis bancaria para entrar en la crisis de “deuda soberana”. Podemos caer en la tentación de culpar a los bancos que, durante los años de bonanza acumularon el exceso de ahorro, y que ahora, en época de vacas flacas, esquivan la quiebra a nuestras expensas. Pero culparles, desgraciadamente, no va a solucionar nada. Podemos (y debemos) exigirles responsabilidades, podemos (y debemos) corregir ineficiencias, pero la realidad es que nos hemos quedado sin ahorro que gastar.
Podríamos aumentar impuestos, pero de esta forma arreglamos el consumo público destrozando el privado; sólo cambiamos cromos.
Dudo que sepamos realmente cuál  ha sido la causa de la crisis, y mucho menos cuál es la solución. Lo que sí parece lógico, haciendo caso a nuestros instintos más básicos, es que después de un exceso hemos de apretarnos el cinturón. También parece lógico que la espiral de consumo en la que estábamos sumidos, haya llegado a su fin (nada dura eternamente).  Ésta ha debido ser la conclusión a la que han llegado muchos de nuestros dirigentes para sacarnos del agujero. Desde luego parece que es la conclusión a la que ha llegado CIU en Cataluña. Tan sólo espero que en su empeño, no nos dejen morir de inanición.

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